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La Violencia Familiar es un fenómeno que sabemos, data de tiempos inmemoriables pero sólo es hasta época reciente que se le empieza a reconocer socialmente y lo que es más importante como un problema, como una situación no natural, generada en gran parte por la construcción rigidizada, estereotipada de lo que debe “ser y hacer” el hombre y la mujer.

En este sentido, la cultura reglamenta y así determina elementos importantes de la relación de pareja, de la relación entre hombres y mujeres. La sociedad sigue esperando, aunque nos cueste trabajo admitirlo, un vínculo jerárquico, vertical que no horizontal, un arriba y un abajo, en donde exista un dominado y un dominante, un alguien que ejerza y en ocasiones porque no, abuse del poder sobre otro; y como lo muestran palpablemente las estadísticas en Violencia Familiar, la que queda abajo, la que se somete, habitualmente es la mujer (Zuñiga-Vega, 2004).

De acuerdo al Informe Mundial sobre Violencia y Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS)1, se identifican como responsables de la mitad de las muertes violentas de mujeres en el mundo a los maridos, ex cónyuges, novios y convivientes. En el ámbito de nuestro país, se reconoce que uno de cada tres hogares ha vivido maltrato emocional, intimidación, abuso físico o abuso sexual. 2

Tal como lo plantea la Organización Panamericana de la Salud, la violencia, sobre todo aquella que no concluye con la muerte, altera directamente ese "estado de completo bienestar físico, mental y social" de las personas afectadas que ahora se entiende como salud. En tal sentido la violencia, en la mayor parte de sus expresiones, se torna productora de enfermedad. A pesar de no constituir una enfermedad en el sentido tradicional de su comprensión, donde el elemento etiológico-biológico desempeña como regla un papel fundamental; en sentido social, constituye un problema de salud y un importante factor de riesgo psicosocial, de invalidez y muerte, con consecuencias múltiples y diversificadas en el nivel social, psicológico y biológico. 3

En lo que se refiere a la dimensión del problema, teniendo como receptáculos a niña/os, las cifras enuncian que el que el 20 por ciento de las niñas y más del 5 por ciento de los niños sufre abusos sexuales, casi siempre por familiares o conocidos, cerca de 6 millones de niños y niñas anualmente sufren agresiones físicas severas, 4 el 70% de la violencia contra la niña y la adolescente tiene lugar en el entorno familiar, el abuso sexual es más frecuente entre los 5 y los 9 años.5

Ante la presencia contundente de estos datos, se evidencia que contrariamente a lo supuesto y deseado, el espacio familiar no siempre es aquel en donde las potencialidades humanas encuentran la viabilidad de ser desarrolladas.

Entre las razones que se reconocen actualmente, para la existencia de este fenómeno, está el hecho de que la sociedad ha validado el uso de la violencia como alternativa privilegiada, fuera y dentro del ámbito familiar. Por lo que su presencia las más de las ocasiones, pasa desapercibida.

No obstante, en la actualidad se ha ido rompiendo la frontera que dividía de manera infranqueable, los ámbitos público y privado. Lo que en mucho ha contribuido a reconocer la magnitud de la problemática, y por lo tanto a ser considerada como un problema de salud pública, además de un atentado flagrante a los derechos humanos.

La introducción de programas y estrategias de intervención tropiezan con obstáculos como la cultura, el apoyo de los mismos perpetradores, las mismas víctimas que justifican el empleo de violencia, la preparación y las actitudes del personal de salud y finalmente la presencia de un modelo de atención de salud tradicional sin especialistas en problemas psicosociales.

Por tal motivo, los programas académicos que aquí se proponen para la Atención y Prevención de la Violencia Familiar contemplan el desarrollo de estrategias que fortalezcan  diversas áreas que permitan una mayor y más integral comprensión de la problemática:

Cognitiva. Identificar a la violencia familiar como un problema de Salud Pública con repercusiones en toda la sociedad y conocer las condiciones tanto de índole individual como sociales que favorecen su existencia y permanencia.

Actitudinal. Sensibilizar en la necesidad de transformación de la propia percepción en relación a la violencia familiar y de quienes la viven.

Técnica. Aplicar estrategias preventivas  de violencia familiar, en diferentes ámbitos, contar con los recursos que posibiliten la detección y canalización oportunas y con las herramientas pertinentes para el acompañamiento durante la detección y el tratamiento.

1. Este Informe se hizo público en Bruselas, en octubre del 2002.
2. Informe México. Simposio 2000. Violencia de género, salud y derechos en las Américas, diciembre de 1999.
3. Prevalencia y Factores asociados a la violencia contra menores de 6 años en poblaciones urbano-marginales de 10 ciudades de América Latina, 2001. Proyecto de Investigación Multinacional del Comité Permanente de Atención Integral en Salud.
4. Documento Maltrato Infantil. Propuesta de Acción. UNICEF Chile 1998.
5. Perfiles en Desarrollo. Violencia. UNICEF Colombia 1996
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